Summer Vixen, con su pelo rubio platino cayendo en cascada sobre tetas firmes y rosadas, se contorsionaba junto a la piscina, los dedos hundidos en la vagina empapada mientras gemía como perra en celo. El sol lamía cada curva carnosa de su culo redondo, pero ella ya olía la presa: la verga gruesa, negra y venosa de Lexington Steele la esperaba dentro. Subió las escaleras gateando, el ano palpitante de ansiedad, hasta que lo vio sentado, el miembro pesado balanceándose como arma cargada. Sin palabras, la rubia se arrodilló y tragó centímetro a centímetro, la garganta abriéndose en una mamada salvaje, babas cayendo sobre sus tetas mientras él agarraba su nuca y marcaba territorio.
El ritmo se volvió un asalto sin piedad. Lexington la levantó, la empaló contra los escalones, la vagina chorreando con cada embestida brutal, pero Summer solo suplicaba más. En el sofá la dobló, la abrió, y por fin le dio lo que su culo apretado rogaba: la cabeza gorda de esa verga legendaria forzando el ano, dilatándola sin compasión, el vaivén profundo y constante hasta que sus ojos se pusieron en blanco. Cambiaron ángulos, misionero anal, vaquera invertida, perrito feroz, cada penetración un golpe que hacía temblar sus carnudas nalgas. Al borde del colapso, Lexington sacó el monstruo y descargó: una derramada espesa y caliente bañando la cara extasiada de Summer Vixen, chorros potentes que le cubrieron mejillas, lengua y tetas mientras ella lamía agradecida cada gota del néctar negro.
